La crucifixión de Jesucristo
Los mormones creen que Cristo vivió y sigue viviendo. También creen que la Expiación, Crucifixión y Resurrección de Cristo que han permitido al género humano arrepentirse de sus pecados y resucitar.
La crucifixión, común en los tiempos del Nuevo Testamento, era una de las formas de ejecución más crueles utilizadas por los romanos. La persona que era crucificada era por lo general primero azotada y flagelada.
Luego, era obligada a cargar su cruz hasta el sitio de la ejecución. Su ropa era normalmente repartida entre los soldados que lo ejecutarían. Sus manos y pies eran entonces atados o clavados a la cruz. Luego, se clavaba la cruz en la tierra de manera que los pies quedaran a una distancia de treinta a sesenta centímetros de la superficie del suelo. Este tipo de ejecución podía tomar por lo menos tres días, y en ocasiones los soldados fracturaban las piernas del prisionero para acelerar el proceso. Las personas que estaban en la cruz por lo general morían de asfixia.
El arresto y la crucifixión de Cristo fueron prácticamente ilegales en todas las formas. Cristo fue arrestado en la noche. Su juicio en el Sanedrín no incluyó a todos sus miembros y no fue realizado en el lugar apropiado. La corte se realizó antes de la mañana del sacrificio y en un día sagrado, lo cual también era ilegal. Cuando la voz del pueblo solicitó que Cristo sea crucificado ya había sido golpeado, humillado y azotado. El ex Presidente de la Iglesia Mormona Spencer W. Kimball habló sobre la reacción del Salvador a estos acontecimientos: “En tranquila, moderada y divina dignidad se levantó mientras le escupían en el rostro. Se mantuvo sereno. Ninguna palabra de ira salió de sus labios. Abofetearon su rostro y golpearon su cuerpo. Sin embargo, se mantuvo resuelto, sin temor”.
Luego, fue obligado a cargar la cruz. Él estaba débil y no podía llevarla, de tal manera que Simón el Cirineo le ayudó a cargarla. Spencer W. Kimball además explicó lo que sucedió: “Los clavos penetraron sus manos y pies, a través de su suave y temblorosa carne. La agonía aumenta. La cruz cae en el hoyo; la carne se desgarra ¡Qué intenso dolor! Después se colocan nuevos clavos en las muñecas para asegurarse de que el cuerpo no caiga a la tierra y se recupere. Y nuevamente se burlan de él: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mateo 27:42). ¡Qué tentación debió haber sido para el Señor, quien pudo haber bajado entero y bien sin cicatrices o heridas! Qué reto debió haber sido, y sin embargo, ya lo había decidido así y había sudado grandes gotas de sangre en su agonía al enfrentar su misión –avanzar a través de toda humillación y encontrarse al final con la muerte, para traer vida a estos mismos hombres y a sus hijos, si lo escucharan”.
Aún en agonía, Cristo dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Cristo murió, habiendo permanecido perfecto, cumpliendo con su misión. La crucifixión de Cristo fue una parte esencial de Su misión. En Juan 10:17-18, Cristo dijo al líder romano Pilatos: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar”. El hecho que Cristo haya dado Su vida libremente fue esencial para nuestra salvación de la muerte.
